Españoles bajo el hielo


Unos 150 científicos y 30 técnicos españoles permanecen hasta cuatro meses en la Antártida, investigando el ecosistema polar y su deterioro

Experiencia personal de David Tomé, su periplo por el continente helado de la Antártida.

La primera impresión, al amanecer y tras tres días de travesía, es sobrecogedora: solo hay silencio”. Carlos Duarte, oceanógrafo y Premio Nacional de Investigación, recuerda su primer contacto con la Antártida con “una extraña sensación de distancia frente a todo lo familiar”. Aún hoy, la Antártida continúa siendo el lugar más desconocido del planeta.
Con el verano austral por delante, la campaña antártica española acaba de comenzar para indagar en los secretos que esconde el hielo antártico y analizar su relación con el cambio climático.

El Ministerio de Ciencia e Innovación ha dedicado este año unos 15 millones de euros a esta campaña, más 12 a la remodelación de las bases. Sólo en esta campaña participan unos 150 científicos, más 30 técnicos, que permanecerán en las bases entre uno y cuatro meses del verano antártico.

España inició su andadura antártica hace ya más de veinte años. En 1988 se montó la base Juan Carlos I, en la isla Livingston, cerca de la península Antártica, en el noroeste del continente. Al año siguiente se estableció la de Gabriel de Castilla, en la cercana isla Decepción. La creación de los primeros asentamientos estables fue toda una aventura, emprendida por científicos pioneros que se lanzaron a la exploración antártica con pocos medios y aún menos experiencia.

Según Margarita Yela, gestora del subprograma nacional de investigación polar, el desconocimiento sobre este paraje helado es una de las razones para investigarlo. “Las regiones polares son fundamentales para la regulación del clima global”, explica. Estas grandes masas heladas son el motor de las corrientes marinas que regulan el clima del planeta, y que provocan que regiones como el norte de Europa disfruten de inviernos relativamente suaves comparados con otros países de latitudes similares.

La Antártida, y las regiones polares en general, funcionan como un sistema de alerta avanzado o, en palabras de Yela, “como el canario que utilizaban los mineros. Estos pájaros eran los primeros afectados por las emisiones nocivas de gases en la mina. Lo mismo ocurre con las zonas polares: son mucho más sensibles a los cambios que las latitudes medias, y por eso nos sirven como aviso de lo que está pasando”.

Además, la Antártida, por su lejanía de cualquier zona poblada, proporciona una información que está libre de la influencia de núcleos humanos concretos y aporta, según esta investigadora, “unos valores de fondo que sirven de referencia”

Cambios de temperatura

España cuenta, además, con una ventaja añadida, relacionada con la situación de sus bases, en la Península Antártica. Según explica el investigador Francisco José Navarro desde la base Juan Carlos I, en la isla Livingston, “no se ha observado un cambio de temperaturas generalizado en el continente antártico. Sin embargo, en la península Antártica se ha duplicado el aumento de temperatura medio del planeta”.

¿Por qué esta región es tan sensible al cambio global? La razón se encuentra en su latitud, no tan baja como la del resto del continente antártico, y en el hecho de tener costa. Ambos factores provocan que las temperaturas no sean tan extremas como en el interior, por lo que cualquier aumento de las mismas viene acompañado de una disminución del hielo. El problema radica en que esa misma disminución de la capa helada provoca que tanto el agua como la tierra que estaban debajo absorban más energía del sol, retroalimentando así el efecto del calentamiento. Según Francisco José Navarro Valero, profesor del departamento de Matemática Aplicada de la Universidad Politécnica de Madrid, “en los últimos 50 años se ha registrado una disminución del 10% del volumen de hielo” en los glaciares de esta región.

Pero en la Antártida, hacer ciencia significa, además, vivir una aventura. Para empezar, está el paso de Drake, inevitable si se llega por mar y conocido por sus fuertes temporales. “Sólo llegar hasta la Antártida ya es una experiencia”, afirma Juan Manuel Viu, jefe de la base antártica Juan Carlos I. El investigador Miguel Ramos, que lleva 20 años involucrado en campañas de investigación antártica, recuerda: “En los primeros años no había apenas comunicaciones, excepto la radio, cuyo funcionamiento era siempre incierto”.

Hoy en día, sin embargo, la Antártida está cada vez menos aislada. La región es visitada cada año por más de 50.000 turistas, y ésta es la única explotación económica permitida. Javier Benayas, investigador de la Universidad Autónoma de Madrid que estudia el impacto del hombre en el ecosistema antártico, afirma que el gran riesgo del turismo en la Antártida “son los accidentes de barco. Cada vez hay más, a menudo son buques antiguos, y las condiciones climatológicas pueden ser un problema”.

Pero no sólo el turismo es el culpable del deterorio de la Antártida. También lo son las propias bases, acogidas en principio a la estricta normativa medioambiental del Tratado Antártico, pero a quienes nadie vigila ni pide cuentas. Según Benayas, muy probablemente la presión que ejercen las bases permanentes sea mayor que la del turismo, si bien es muy difícil de cuantificar. En los últimos años, en todo caso, varias bases han elaborado planes para respetar el frágil ecosistema antártico que las acoge. Entre ellas, las españolas.

Este año comienza una gran remodelación en la base antártica Juan Carlos I que no sólo dará más espacio y comodidad a los investigadores, sino que también apostará por las energías renovables y la eficiencia energética. La base ha crecido en todo este tiempo de manera desordenada, y ha pasado de acoger a unos 17 investigadores a más de 30. Según Miguel Ramos, “es un poco incómodo porque se han superado las capacidades previstas”. Hay inconvenientes como el complejo acceso al agua, y la falta de espacio obliga a dormir en unos pequeños iglús de fibra de vidrio sin calefacción.

Viento y humedad

Por suerte para los investigadores, las temperaturas en la Península Antártica son bastante benignas durante el verano austral. En este tiempo en el que el sol no llega a esconderse, el termómetro oscila alrededor de los 0ºC. Pero los fuertes vientos y la humedad multiplican la sensación de frío.

Para realizar su trabajo, algunos investigadores realizan salidas periódicas, en ocasiones hasta glaciares a los que se acercan caminando y a través de los que se desplazan en motos de nieve. Por seguridad, siempre van encordados. Otras veces, los proyectos requieren desplazarse hasta regiones más lejanas a las que acuden en embarcaciones flexibles tipo zódiac. Los transportes son la clave del éxito de cualquier operación que se quiera emprender en esta región desolada…[]

Via publico.es

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Una respuesta a “Españoles bajo el hielo

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