El Hespérides toca puerto y culmina la gran expedición oceanográfica española


La Expedición Malaspina regresa de su vuelta al mundo con 120.000 muestras marinas

 

La Expedición Malaspina, uno de los proyectos más ambiciosos de la ciencia española, ha llegado a buen puerto. El buque insignia de la expedición, el Hespérides, atracó ayer en Cartagena, el puerto que le vio partir hace justo ahora siete meses. Y con él llegan 6.000 gigas de datos y 120.000 muestras que, tras descargarse este jueves, alimentarán a la investigación española durante décadas. Algunos de los logros del proyecto se conocieron mientras estaba en alta mar, pero la información obtenida mientras se circunnavegaba el globo nutrirá a generaciones de científicos.

6.000 gigas de datos y 120.000 muestras servirán para décadas de investigación

Surcando el Atlántico, el Pacífico y el Índico a lo largo de 32.000 millas náuticas, los investigadores –y la tripulación militar del buque– se han esforzado por mantener vivo el espíritu Malaspina, una de las más importantes conquistas que Carlos Duarte, científico del CSIC y coordinador del proyecto, quiso legar para la ciencia. Este homenaje a Alejandro Malaspina, que realizó en 1789 el mayor proyecto científico español de ultramar de su época, suponía un reto no siempre fácil: que los científicos españoles dejasen de zancadillearse para colaborar con un rumbo común.

Botes llenos de soluciones

“Alejandro Malaspina trajo un tesoro de ocho millones de pesos de su viaje; nosotros también traemos un tesoro en arcones ultracongelados llenos de botecitos”, resumió Duarte, para señalar que del análisis de esas muestras se obtendrán “soluciones para los problemas que acechan a la sociedad global”, en referencia a los avances que permitirán hacer frente al cambio climático. En el mismo sentido habló la ministra de Ciencia e Innovación, Cristina Garmendia, a bordo del Hespérides, al señalar que los logros de esta misión científica “transformarán el entendimiento” y “garantizarán la independencia tecnológica de España”.

El reto de la expedición era poner en el mar sofisticados sistemas para la toma y el análisis de muestras a una escala nunca probada: todos los océanos del globo escrutados con los mismos métodos, los más punteros, para poder obtener conclusiones válidas sobre el estado real del planeta líquido. Y los científicos no han podido quedar más satisfechos: “Hemos cumplido con el 120% de los objetivos; porque no sólo hemos logrado lo que buscábamos, sino que hemos añadido nuevas maniobras y observaciones a medida que descubríamos cosas o situaciones inesperadas”, aseguró Duarte en una charla con la ministra y Rafael Rodrigo, presidente del CSIC, organismo encargado de coordinar el proyecto.

Duarte, coordinador del proyecto: “Hemos cumplido el 120% de los objetivos”

De este trabajo, los investigadores han podido concluir ya, antes incluso de llegar a puerto, que se observa una “preocupante” pérdida de oxígeno en las aguas subtropicales y tropicales. Y no dudan en señalar a un sospechoso, el calentamiento global, como culpable de la falta de ventilación. El aumento de la temperatura causado por el cambio climático ahoga los mares, ya que el calor hace crecer las necesidades respiratorias de la fauna marina y merma el oxígeno. Se calcula que la hipoxia afecta al 8% de las áreas oceánicas del planeta.

De la investigación de estas aguas aquejadas de hipoxia resultó un nuevo hallazgo: como en otros lugares del planeta donde las condiciones de vida se complican, los microbios se han adaptado. “Esta zona muerta sí esconde una vida planctónica, sobre todo microbiana, adaptada a la falta de oxígeno”, explica el investigador del CSIC Rafel Simó, jefe científico de la ruta entre Honolulú y Cartagena de Indias. De los 270 litros de agua recogidos en estas zonas se extraerá el ADN y el ARN de los microorganismos, y de la secuenciación de sus genomas se obtendrán importantes conclusiones sobre la vida en condiciones tan complicadas.

Los efectos de Fukushima

También asociado al cambio global, los científicos de la Expedición Malaspina han registrado un récord de transparencia en las aguas del Pacífico sur, algo que está achicharrando literalmente a innumerables organismos. En aquella zona la luz solar ahora alcanza los 200 metros de profundidad, cuando lo habitual es que no llegue a los cien. Y, por culpa de la destrucción parcial de la capa de ozono, la radiación ultravioleta penetra hasta 60 metros bajo la superficie en dosis suficientes para causar la muerte de las células que forman el plancton. En este tramo del viaje, entre Australia y Hawái, también se recogieron muestras para analizar cómo ha afectado al Pacífico el vertido de material radiactivo tras el desastre de la central nuclear de Fukushima.

El cambio climático ya está produciendo efectos medibles en los océanos

“Con nuestra llegada a puerto no acaba la expedición. Comienzan años de trabajo de laboratorio, donde veremos emerger los resultados científicos tangibles de este proyecto. Venimos cargados de muestras que aportan una riqueza capaz de resolver problemas para la sociedad en distintos campos”, ha destacado Duarte. Además, buena parte de las muestras recogidas se guardará en una cápsula para su análisis con la tecnología de que disponga la ciencia dentro de tres décadas. Por las cubiertas y las bodegas-laboratorio del Hespérides y el Sarmiento de Gamboa, el otro buque asociado a la expedición –que navegó de Gran Canaria a Santo Domingo–, han pasado cuatro centenares de científicos, en colaboración con casi 40 organismos e instituciones como la NASA y la Agencia Espacial Europea.

www.publico.es

Historia

La primera misión científica que visitó las Galápagos fue la expedición Malaspina, una expedición española dirigida por Alejandro Malaspina, que llegó en 1790. Sin embargo, los registros de la expedición nunca llegaron a ser publicados. En 1793, James Collnet describió la flora y fauna de las islas y sugirió que podían ser utilizadas como base para los balleneros que operaban en el océano Pacífico. Collnet también dibujó las primeras cartas de navegación de las Galápagos. Los balleneros capturaron y sacrificaron miles de tortugas del archipiélago para extraer su aceite.

Ecuador anexó las islas Galápagos el 12 de febrero de 1832 bajo el gobierno del General Juan José Flores, bautizándolas como archipiélago de Colón.

El viaje del Beagle trajo al barco de investigación británico bajo el mando del capitán Robert FitzRoy a Galápagos el 15 de septiembre de 1835 para investigar los accesos a los puertos. El capitán y otros a bordo, incluyendo el joven naturalista Charles Darwin, realizaron un estudio científico de la geología y biología en cuatro de las islas antes de continuar su expedición alrededor del mundo el 20 de octubre.

La Unesco declaró a las Islas Galápagos como Patrimonio Natural de la Humanidad en 1979 y, seis años más tarde, como Reserva de la Biosfera (1985), lo cual ha resultado en un creciente interés a nivel internacional por este archipiélago. En el 2007 la Unesco declaró a las Islas Galápagos como Patrimonio de la Humanidad en riesgo medioambiental y está incluida en la Lista del Patrimonio de la Humanidad en peligro.

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